Liturgia de las Horas

Liturgia

El término liturgia se utilizaba, en el mundo griego, para indicar una acción en favor del pueblo y, en la Biblia, pasó a designar el servicio de culto que se tributaba a Dios. Actualmente podemos hacerlo sinónimo de celebración y definir la liturgia como culto público que Cristo, unido a su Iglesia, eleva al Padre.

En la esencia de lo que significa celebrar está siempre una fuerte carga de espontaneidad, de emotividad, de sorpresa. La celebración es algo vivo y sinónimo de fiesta y por eso es una actividad libre, gratuita, desinteresada e inútil, es decir, que no es utilizable para ningún fin extrínseco concreto. La celebración litúrgica pone en movimiento las energías del espíritu del hombre y su capacidad de trascender lo inmediato para abrirse a la belleza, a la libertad y al bien y anticipar la eternidad.

En toda liturgia hay, por tanto, una belleza especial que viene, no de la corporeidad carnal sino de la corporeidad pneumática, es decir, del espíritu y alimenta e ilumina todas las facultades humanas a través de las palabras, el canto, las imágenes, los aromas… La belleza es el nombre litúrgico de Dios. Por eso nada es indiferente. Cada mirada, gesto, signo, movimiento… todo está ocupando su sitio en una especie de hermosísima sinfonía musical.

Entrar en la gran alegría, en la gratuita alegría de la liturgia que nadie ha merecido, es entrar en la belleza y bondad de Dios y recibir en ella toda la santidad, es decir toda la verdad de los seres y las cosas. La liturgia no se impone a lo real, expresa y libera su santidad original.

Cuando el hombre se convierte en un “hombre litúrgico” se hace transparente al poder paradójico de Dios: poder del amor personal que no puede obrar sino a través de las libertades individuales. Todo cristiano está llamado a hacerse hombre litúrgico.

Liturgia de las Horas

Conocida también como Oficio Divino, es la oración que la Iglesia, con Cristo, eleva al Padre. Nace del mandato del Señor de “orar constantemente” y conduce a la santificación del día llenándolo de alabanza y acción de gracias.

La liturgia de las horas tiene como característica propia la de servir para la santificación del tiempo, del curso entero del día y de la noche. Santificar el tiempo es dedicarlo al servicio de Dios de los hombres y vivirlo como espacio de gracia y salvación. El tiempo vivido como “crónos” es el tiempo que huye, que “vuela”, que está cargado de finitud y limitación. En cambio el tiempo cristiano es un tiempo de gracia y salvación (“kairos”) que va llevando a la persona hasta su meta que es la comunión con Dios. El crónos lleva al envejecimiento, el kairós va rejuveneciendo al hombre porque es renovación del misterio pascual.

Desde la teología de la liturgia lo que nos interesa destacar es que tiene una dimensión actualizadora de la salvación y que la vida divina se comunica a los que participan en ella. No es un simple recordar sino una presencia eficaz de la salvación, especialmente del misterio pascual de Cristo, en la acción ritual. Además, en la liturgia terrena, participamos ya y anticipamos la liturgia celeste que se celebra continuamente en la Jerusalén del cielo.

La liturgia parte, por tanto, de una realidad: las acciones de Cristo en su vida terrena que se actualizan en la celebración de forma invisible pero real. En toda celebración hay un nivel histórico y un nivel metahistórico, el nivel de la fe.

Los que rezan el Oficio Divino participan de la misión pastoral de la Iglesia porque contribuyen de forma misteriosa y profunda al crecimiento del pueblo de Dios y por eso pertenece a la esencia de la Iglesia.

Algunas personas contraponen oración personal, espontánea, a la oración ritual o litúrgica. Esto solo tendría lugar si la oración personal fuese la única que expresara realmente los sentimientos y deseos del ser humano. Pero lo cierto es que cada persona está llena de riquezas insondables e inesperadas y la oración litúrgica, la oración de la Iglesia, nos permite ensancharnos y que broten del fondo de nuestro corazón resonancias que ignoramos.

El origen del oficio divino hay que buscarlo en la liturgia judía que Jesús mismo, sus discípulos y las primeras comunidades cristianas observaban. Esta contenía una gran variedad de himnos, salmos, cánticos, oraciones… A partir del siglo III se mencionan ya oficios matutinos y vespertinos comunitarios y las Horas de tercia, sexta y nona.

En el oficio divino hay unas Horas que destacan por su valor eclesial y personal: son los Laudes y las Vísperas consideradas como el doble quicio sobre el que gira todo el Oficio cotidiano. Los Laudes como oración de la mañana, tienen un doble significado: santifica el día que comienza consagrándolo al Señor y hace memoria gozosa de su resurrección. Las Vísperas, al declinar la luz del sol, representan una acción de gracias por el día que termina, hace memoria de la muerte del Señor, y anuncia la esperanza de la vida eterna.

Todo el oficio divino está impregnado por la Palabra de Dios y el elemento principal son los salmos. Muy importante es también el canto que lo acompaña siempre como expresión privilegiada del mundo interior del hombre; da mayor fuerza a la Palabra y ayuda a unir los vínculos de la comunidad y a crear un ambiente festivo.

Podríamos resumir de la forma siguiente las características de la espiritualidad litúrgica: es esencialmente bíblica, histórica y salvífica, cristocéntrica y pascual y es mistagógica (va iniciando progresivamente en el misterio de Cristo).

Y ahora nos preguntamos, ¿qué supone la liturgia de las horas para nosotras, monjas benedictinas? Es el centro de nuestra vida y de la comunidad. Para cada una de nosotras es un verdadero privilegio poder asistir al oficio divino mediante el cual hacemos patente el deber de nuestro servicio a la Iglesia. La comunidad reunida representa, de modo especial, a la Iglesia orante.

San Benito nos recuerda constantemente en su Regla que nada debe anteponerse al oficio divino porque es la expresión más acabada de la vida monástica. La liturgia de las horas es el carisma del Espíritu Santo que recibe la monja y es el papel que le corresponde en la evangelización.

Terminamos esta presentación con las palabras que escribió un joven asombrado ante su primer encuentro con el Oficio Divino:

¡Qué poder tan enorme tiene la liturgia!, es la sangre que alimenta el cuerpo…

…Saber que millones de hermanos experimentamos, decimos, pedimos, damos gracias con los mismos sentimientos, las mismas palabras que se emplean casi desde los comienzos… y que son la “Palabra de Dios” hecha carne.

Por esto gozo con la Liturgia de las Horas, porque es la oración de toda la Iglesia y, sobre todo, la oración de Jesús. Él oró con estas mismas palabras y es él quien ora en mí y, sobre todo, yo oro con Él”.

Ernestina Álvarez

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